miércoles, 19 de octubre de 2011

Siempre se vuelve al primer amor

Volver (2006)   
Escribe Ariés que “no puede haber cadáveres sin tumbas ni tumbas sin cadáveres”. Ambos forman un conjunto que necesita de un nombre. Agamenón en el canto XXIV de La Odisea le dice a Aquiles: “Ni muerto has perdido tu nombre”. El nombre excede la duración de la vida de un sujeto y hace, al decir de Luis Gusmán (“Epitafios. El derecho a la muerte escrita”, Norma, 2005) de un esqueleto un cadáver que necesita una tumba. De allí que una estela o un árbol en medio del camino sirvan en “Volver”  para alojar un nombre; que los habitantes de un pueblo blanco de la llanura manchega pasen su vida cuidando el terrenito que les servirá para el descanso de sus huesos y que lo que debería conformar un cenotafio (cuando hay un soporte material pero falta el cuerpo) sirva, en realidad,  de sepultura de otro cuerpo.

Pedro Almodóvar, con el preciosismo al que nos tiene acostumbrados, inaugura esta historia rocambolesca con una escena que combina distintos tamaños de plano y un travelling final  que parece de music- hall, en donde las mujeres de Alcanfor de las Infantas (que tiene el dudoso honor de albergar en su seno un considerable número de enfermos mentales),  de calles angostas y profundos secretos, se encuentran en el cementerio para limpiar las lápidas y las tumbas de los parientes cuando no la suya propia. Esas mujeres todavía tejen encaje de bolillo y “miran, ocultas tras sus visillos” como transcurre el ciclo de la vida y como el viento solano, presente a todo lo largo del film, en el discurso y en la imagen, gobierna las pasiones y la locura.

Así como Hichtcock desde el suspenso nos ha regalado algunas de las más soberbias piezas que actúan el complejo de Edipo, Almodóvar, siempre preocupado por los tabúes, en tono de comedia va a abordar el incesto. Es otra muestra de una España primitiva, que no hizo el tránsito –como diría Lévi Strauss, de la naturaleza a la cultura. Y el conflicto, visceral - por eso mismo-, solo podrá resolverse de manera violenta.
La sangre siempre está asociada a la locura y la muerte. Por eso cuando aparece un plano fundido a rojo en toda la pantalla, que es justificado en el siguiente por el paso de un autobús del mismo color, ya sabemos que el drama acecha y nos preparamos para la fatalidad inexorable. Sin embargo este hecho terrible se diluye en el imbricado desarrollo de la trama que habla del reencuentro amoroso de tres generaciones.

La historia, que por momentos alcanza el nivel de lo fantástico, insólito o bizarro, es contada por Pedro Almodóvar a partir de la relación de dos hermanas, una de ellas (Penélope Cruz), casada con un obrero en el paro y una hija adolescente, y la madre de ambas (Carmen Maura), muerta de manera violenta –  la truculencia no podía faltar, claro-, y se resuelve en la pacífica convivencia de los vivos con los muertos, con una naturalidad que parece alejar la película del surrealismo.

Con fuertes toques de comedia negra, con situaciones verdaderamente hilarantes, pero con la mirada dramática que subyace a lo largo de todo el film, Volver exuda optimismo, solidaridad y muestra sin estridencias un lado de la emotividad profunda de los españoles. Así como en “El laberinto del fauno” de Guillermo del Toro (2007) queda en evidencia descarnada la violencia de la que, con un recurso que funde fantasía y realidad o las convierte en realismo mágico, una niña de 13 años trata de escapar del horror de la guerra civil española y la crueldad de un padrastro que debe aniquilar los últimos vestigios de la resistencia republicana refugiándose en un mundo de fantasía de hadas y faunos, aquí se muestran los rituales por los que los muertos permanecen vivos y como se construyen las políticas de la memoria que, más allá de lo escatológico, dejan paso a lo conmemorativo.

Con planos y contraplanos la película se cuenta desde la mirada de los personajes y el emplazamiento y  los movimientos de cámara son casi imperceptibles. El monólogo de Carmen Maura, que hace de madre e intenta explicar las razones de su muerte y las de la vuelta a la vida, está definido con seis secuencias muy bien montadas que parecen un plano secuencia. Su regreso con Almodóvar, luego de diecisiete años desde “ La ley del deseo”, no decepciona.

Volver es un giro de tuerca respecto de “La mala educación” donde el humor cede ante la angustia, donde la muerte tiene otro lugar más oscuro, menos esperanzado, y donde la propia sordidez de la trama clausura la posibilidad de otro final. Aquí los colores terrosos definen la atmósfera. En Volver, los colores claros diluyen el universo dramático pese a estar tan estrechamente ligado a la muerte.

En “La mala educación” se recuerda lo que ya fue insinuado en “La ley del deseo”, el lado devorador del amor, la confusión del cine con la vida, la camaradería en la España de Franco y la rígida educación religiosa. Este amor por el cine, madurado a lo largo de más de 30 años de experiencia, se muestra en el flashback, en el cine dentro del cine, en escenas complejas que mezclan la realidad del film con aquella que los protagonistas están filmando sin que se confundan. Aquí, el tema elegido es la pedofilia y sin mostrar su  costado escabroso exhibe, en cambio, el carácter monstruoso de sus actos.  Con una estructura de “muñeca rusa”, con historias distintas y paralelas, tiene una clara estructura de film noir.

En Volver, una Penélope Cruz que parece no haber encontrado su lugar en el cine americano (con alguna excepción como Vicky, Cristina, Barcelona de Woody Allen), se luce en su rol de Raymunda, una mujer resuelta, que aprendió a vivir con su pasado, y en quien ciertos toques vulgares propios de su origen pueblerino y “paleto”, se mezclan con la nobleza de sus sentimientos y un enorme sentido práctico. El playback (y la edición)  de la versión de Estela Morente del tango de Gardel y Le Pera y que da título a la película, con el dejo plañidero del  cante hondo es estupenda y absolutamente convincente. Carmen Maura, una de las actrices “fetiche” del director manchego se desliza con la tranquilidad que le da la familiaridad de trato. En el extremo opuesto está Yohana Cobo quien actúa como Paula,la hija de “la Raimunda” que exhibe su juventud en la vida y en el cine aunque sus limitaciones son salvadas por sus experimentadas compañeras de elenco como la inefable Chus Lampreave que siempre cumple.
Sin ser lo mejor de Almodóvar, la película conmueve. El encuentro con el pasado que vuelve siempre nos da miedo. Este Volver, en cambio, nos deja con una linda sensación en el pecho y en la boca. No decepciona.


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