El cine es una
forma de aproximación al mundo y aunque una buena parte de él acompañe
celosamente los cambios sociales y las modas siguiendo una cuidadosa pauta
publicitaria y estrictos estudios de marketing, no deja de ser, como lo definió
el gran Elia Kazan “el diálogo del mundo actual”.
Este nuevo cine, cuyo
fin algunos anticipan a manos de otras formas audiovisuales, las pantallas
pequeñas que se han venido extendiendo a nivel viral, es cada vez más global, con muchos elementos
internationalizantes y una estética que apela a la multidiversidad pero siempre
deja un resquicio para las producciones “clásicas”, de cine arte, de cine de
autor y para la narración de historias simples de mirada local.
Si hablamos del cine ruso no podemos dejar de hablar de Serguei Bodrov.
Quiero usar este espacio para evocar ese gran film que si bien no fue su debut,
lo catapultó a la fama internacional, al ganar el premio Nika, el más
importante reconocimiento ruso a la cinematografía, a la mejor película y mejor
director y ser candidato al Oscar en la categoría de mejor película extranjera
en 1996. Me refiero a El prisionero de las montañas (Кавказский
пленник), basado en la
novela de León Tolstoi, “El prisionero del Cáucaso”.
En la película un grupo de soldados rusos son
emboscados por unos chechenos y un par de ellos son tomados prisioneros con la
intención de intercambiarlos por el hijo de uno de los captores, un maestro de
escuela detenido en una prisión rusa. La película se rodó íntegramente en Daguestán,
muy cerca de donde se desarrolló efectivamente la primera guerra chechena.
La personalidad diferente de Sacha (Oleg
Menshikov) y de Iván (Sergei Bodrov Jr,
el malogrado hijo del director que falleciera en 2002 a raíz de una avalancha
en una montaña del Cáucaso, en la tierra de los escitas, mientras filmaba
escenas para la película “El mensajero”) va a determinar su destino. Sacha,
mayor y más cínico, que no tendrá miramientos en matar para tratar de liberarse
contrastará con la actitud del joven conscripto, Vanya, que terminará
construyendo relaciones con los habitantes del pueblo y con la hija de su
captor, Dina.
Le película aparece justamente en momentos en que el presidente Boris
Yeltsin decretaba el cese unilateral del fuego e iniciaba las negociaciones de
paz con los rebeldes chechenos luego de dos años de guerra y de la muerte de
miles de civiles, debido a la desmoralización del ejército ruso, cuya
superioridad numérica y armamentística no logró doblegar a la guerrilla
chechena en las montañas.
No hay escalada de imágenes en El Prisionero de las montañas ni exageración
de los sonidos o hiper velocidad en las secuencias. Tampoco mucha sangre. Ni
siquiera mucho vodka. En definitiva no hay saturación en la pieza de Bodrov, lo
que acerca su trabajo más al arte, y a su cine, al cine de autor.
La economía de las expresiones, de la banda sonora y de los diálogos, no
hace sino exacerbar el clima que contrasta la enorme maquinaria rusa de guerra
con la dura vida de los chechenos en la montaña, con mínimos recursos pero
donde las cosas no pueden ser sino como son.
Cine del bueno, de alto impacto, no por exceso, lo repito, sino por defecto.
Radiografía cifrada de un estado de guerra en el que las diferencias, que
operan como elemento de resistencia, no hacen otra cosa que descubrirnos
siempre humanos.

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