miércoles, 19 de diciembre de 2012

El otro lado del espejo: cine ruso


 

El cine es una forma de aproximación al mundo y aunque una buena parte de él acompañe celosamente los cambios sociales y las modas siguiendo una cuidadosa pauta publicitaria y estrictos estudios de marketing, no deja de ser, como lo definió el gran Elia Kazan “el diálogo del mundo actual”.

Este nuevo cine, cuyo fin algunos anticipan a manos de otras formas audiovisuales, las pantallas pequeñas que se han venido extendiendo a nivel viral,  es cada vez más global, con muchos elementos internationalizantes y una estética que apela a la multidiversidad pero siempre deja un resquicio para las producciones “clásicas”, de cine arte, de cine de autor y para la narración de historias simples de mirada local.

Si hablamos del cine ruso no podemos dejar de hablar de Serguei Bodrov. Quiero usar este espacio para evocar ese gran film que si bien no fue su debut, lo catapultó a la fama internacional, al ganar el premio Nika, el más importante reconocimiento ruso a la cinematografía, a la mejor película y mejor director y ser candidato al Oscar en la categoría de mejor película extranjera en 1996. Me refiero a El prisionero de las montañas (Кавказский пленник), basado en la novela de León Tolstoi, “El prisionero del Cáucaso”.

En la película un grupo de soldados rusos son emboscados por unos chechenos y un par de ellos son tomados prisioneros con la intención de intercambiarlos por el hijo de uno de los captores, un maestro de escuela detenido en una prisión rusa. La película se rodó íntegramente en Daguestán, muy cerca de donde se desarrolló efectivamente la primera guerra chechena.

La personalidad diferente de Sacha (Oleg Menshikov) y de  Iván (Sergei Bodrov Jr, el malogrado hijo del director que falleciera en 2002 a raíz de una avalancha en una montaña del Cáucaso, en la tierra de los escitas, mientras filmaba escenas para la película “El mensajero”) va a determinar su destino. Sacha, mayor y más cínico, que no tendrá miramientos en matar para tratar de liberarse contrastará con la actitud del joven conscripto, Vanya, que terminará construyendo relaciones con los habitantes del pueblo y con la hija de su captor, Dina.

Le película aparece justamente en momentos en que el presidente Boris Yeltsin decretaba el cese unilateral del fuego e iniciaba las negociaciones de paz con los rebeldes chechenos luego de dos años de guerra y de la muerte de miles de civiles, debido a la desmoralización del ejército ruso, cuya superioridad numérica y armamentística no logró doblegar a la guerrilla chechena en las montañas.

No hay escalada de imágenes en El Prisionero de las montañas ni exageración de los sonidos o hiper velocidad en las secuencias. Tampoco mucha sangre. Ni siquiera mucho vodka. En definitiva no hay saturación en la pieza de Bodrov, lo que acerca su trabajo más al arte, y a su cine, al cine de autor.

La economía de las expresiones, de la banda sonora y de los diálogos, no hace sino exacerbar el clima que contrasta la enorme maquinaria rusa de guerra con la dura vida de los chechenos en la montaña, con mínimos recursos pero donde las cosas no pueden ser sino como son.

Cine del bueno, de alto impacto, no por exceso, lo repito, sino por defecto. Radiografía cifrada de un estado de guerra en el que las diferencias, que operan como elemento de resistencia, no hacen otra cosa que descubrirnos siempre humanos.

 
 

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