Duelo de titanes:
Liam Neeson y Mel Gibson.
No puedo entender
en qué momento Liam Neeson, memorable en sus interpretaciones de Jean Valjan en Los Miserables o de Rob Roy en
la película homónima, decidió dedicarse a hacer películas de acción. “A la
vejez, viruela…” diría mi abuela! Me
refiero concretamente a Taken. Pero si la primera parte tenía un ritmo
sostenido y una trama más digerible, aunque rayana en lo inverosímil, la
secuela directamente cae en el absurdo.
El guión de Luc
Besson está tan lleno de fisuras que parecería un tejido a crochet con agujas
gordas. Al parecer, después de Nikita no le quedaron demasiadas ideas. La
historia es simplísima y se limita a
utilizar la urgencia como recurso para hacer avanzar la acción y enganchar de esa manera al espectador.
En la primera
parte los malos secuestran a la hija y el argumento se centra en su liberación
y escape. Todo de manera muy estelar lo que convierte al film en un action
flick.
En la segunda
parte, las familias de los albanos que Bryan (Neeson) se cargó en la primera,
quieren vengarse. Para lograr su objetivo, ayudados por sus contactos turcos –
es bueno señalar que la acción se desarrolla en Estambul-, le tienden una
emboscada para capturarlo y, eventualmente, mandarlo al Averno.
Esto obviamente
no ocurre porque Bryan, haciendo gala de sus increíbles habilidades va a
escabullirse sin solución de continuidad y en su intento, no escatimará en
demostraciones de las más sofisticadas armas y de los últimos chiches
tecnológicos como así también de esa omnipotencia, tan cara a los héroes de las
películas de acción de los EEUU. -siempre super héroes- que además se solazan
en demostrar un absoluto desprecio por el resto del mundo, sus leyes, las
fronteras de los demás países y ni qué decir, su inteligencia! Dos detalles
simpáticos en este sentido: los mafiosos albanos y sus socios turcos expuestos como
una recua de inútiles, incapaces y debiluchos (evidentemente ni el director, ni
los productores, ni el protagonista tuvieron que enfrentarse en la vida real
con alguno de ellos), y la escena en la que la hija corre por los tejados de un
barrio de Estambul lanzando granadas a diestra y siniestra para que su padre
pudiera indicarle el camino al lugar donde estaba cautivo. Un elogio del
absurdo.
Después de este
mal trago, la película Get the Gringo de Grünberg, protagonizada por el
temperamental Mel Gibson, me resultó un bálsamo que disfruté desde el primer
instante.
Más allá de las
opiniones sobre el protagonista, sin
hesitación afirmo que Get the Gringo es
una buena película, con todos los recursos del género.
La trama: un
ladrón de bancos apodado Driven(Gibson), escapando de la policía
estadounidense, cruza la frontera de México y termina dentro de “El Pueblito”,
una cárcel de máxima seguridad de Tijuana - que realmente existió hasta que fue
cerrada en 2002-, donde deberá ingeniárselas para sobrevivir. Allí conocerá a un
chico que conoce todos los vericuetos y la gente del lugar (Kevin Hernández,
excelente en su actuación), que se convertirá en su aliado, e intentará
recuperar el dinero incautado para lo cual deberá moverse inteligentemente
entre un intrincado juego de relaciones de poder.
Tomas aéreas, travellings,
planos americanos y otras yerbas sirven para amenizar las primeras escenas de
la fuga de los ladrones que terminará en territorio azteca.
Las escenas
iniciales de acceso a la prisión y las
que describen la vida en el lugar son fascinantes. La música latina acompaña
todo el tiempo. Mención especial merecen el “Padre nuestro” interpretado por
Vicentico y los Fabulosos Cadillacs junto a Damas Gratis, con el beat del
keytar de la cumbia villera, perfecta para describir el submundo de la
prisión y el impecable soundtrack del
brasileño Antonio Pintos, con temas como La frontera, Sunny day in Mexico o Calles
Secas.
De los
productores de Apocalypto y Corazón Valiente, Get the gringo (o Vacaciones
explosivas como se la conoció en los cines de Argentina) divierte, entretiene
y, a pesar de la moralina de las últimas líneas, impuestas por el cine de
Hollywood, nos deja con el buen sabor de que nuestros héroes (categoría
arbitraria y cuestionable, si las hay), aunque sean villanos, al final del
cuento, se quedan aunque sea por un rato con el botín, la chica y cía.