Let the right one in (2010)
Ver una película de terror, yo??? Imposible.
La última vez que fui a ver una fue la coreana The host, un ícono del monster flick, porque me la recomendó Diego Tretorola que había escrito una crítica para El Amante Cine. La película, con todos los recursos del género, causó gran estrépito y obtuvo en seguida reconocimiento por la cuidada mezcla de comedia y pathos, de fantasía e hiperrealismo.
Ver una película de terror, yo??? Imposible.
La última vez que fui a ver una fue la coreana The host, un ícono del monster flick, porque me la recomendó Diego Tretorola que había escrito una crítica para El Amante Cine. La película, con todos los recursos del género, causó gran estrépito y obtuvo en seguida reconocimiento por la cuidada mezcla de comedia y pathos, de fantasía e hiperrealismo.
Ahora es mi amigo Héctor Díaz, el domador de caballos, el culpable de mi reincidencia. Es él también, quien después de verla me desayunó de algunos detalles que el autor del libro y guionista de la película, John Ajvide Lindqvist, omitió para concentrarse en otras cuestiones.
Sin el efectismo de sus parientes de Hollywood -aunque con alguno que otro cliché que se desliza pero que no hace sino más atractiva la propuesta- la película dirigida por el sueco Thomas Alfredson ya integra mi lista de las mejores películas del cine de terror. Pero al respecto cabe hacer algunas consideraciones.
El film narra la historia de Oskar, un chico solitario y algo frágil que vive con su madre en un suburbio de Estocolmo y sufre el acoso de unos compañeros que, aprovechándose de la situación, lo hacen víctima de cuidadosos y humillantes ataques sin que este pueda reaccionar en modo alguno, a menos que se considere como tal sus salidas en la noche al patio trasero del complejo en el que vive a rumiar sus ideas de venganza.
En esas circunstancias conoce a una pálida jovencita, Eli, que supuestamente acaba de mudarse con su padre al dpto. contiguo, que no resiente el helado invierno sueco y que le dice que como él tiene “más o menos” 12 años. Eli le va dando pistas que Oskar desprecia. Le dice primero que ellos no pueden ser amigos y luego le pregunta, de manera críptica, si él la querría aunque no fuera una niña.
Entre los dos, poco a poco, irá creciendo una relación que será determinante en sus vidas. Oskar revelará los ataques de sus compañeros de escuela que Eli estimulará a responder con igual o mayor fuerza (hit them back), y aquél a su vez descubrirá el secreto de Eli y su extraño comportamiento. Luego de cierta resistencia – Oskar se muestra fastidiado al confirmar que Eli es una niña que se alimenta de sangre y para ello debe matar-, irá aceptando con naturalidad la condición de Eli.
Los escenarios escogidos por Alfredson son impecables. Se tuvo cuidado de filmar algunas de las escenas más escabrosas en locaciones donde estaban seguros de tener suficiente nieve, cuyo textura apenachada resultó el lecho perfecto para el rojo casi cabernet de la sangre que exige el género y que se muestra en la cantidad justa. Eso las hace más contundentes.
Lo más difícil según el director fue el casting. Se hizo una convocatoria nacional de la que salieron elegidos dos jóvenes talentos que terminaron siendo una revelación. Ambos conforman su personaje con el virtuosismo de los que tienen experiencia y resultan increíblemente convincentes.
Los planos medios cortos, los primeros planos y las tomas detenidas en las expresiones de los niños; la natural aproximación, como cuando juegan con el cubo de Rubik, van revelando la sicología de los personajes, su compromiso emocional y aumentan el aura surreal de la historia, creando un marco melodramático que facilita el terror. Escenas como las del cuidador de Eli, que debe proveer su alimento y que, sin embargo, fracasa en más de una oportunidad en conseguirlo dando muestras de un subconsciente convulsivo y desasosegado – que podría tener otra raigambre-, van aumentando la atmosfera de consternación y espanto (en el libro se trata de un abusador, según me contó Héctor, y Eli en realidad era un chico castrado. En la película hay una pista abierta al respecto pero no hay ninguna alusión a la pedofilia). Pero contrariamente a lo que se puede pensar, el terror no sería administrado por Eli en su condición de vampiro sediento de sangre. La película se convierte en una historia de amor y entonces lo que se teme, y eso es lo que causa terror, es que algo malo les pase a los chicos. Lo siniestro es no llegar al happy end.
No hay yuxtaposición de arquitecturas ni contornos difuminados. Muchas de las situaciones que hacen avanzar la película transcurren a plena luz del día y el blanco de la nieve le resta efecto fantasmagórico. Sin embargo el horror no deja de ser gótico. Sencillamente porque el tema del vampirismo lo coloca en esa categoría por excelencia y porque escenas como las de la pileta, cuando Oskar está siendo atacado nuevamente por sus compañeros pero luego recibe una ayuda inesperada, en el que los planos en picado y contrapicado se corresponden, crean ese efecto aterrador al temido desenlace.
Let the right one in (Låt den rätte komma in, en sueco,2010) conforma una suerte de poema rojo y blanco. Los cuidados planos subjetivos utilizados para construir la relación de los personajes resultan significativamente eficientes. A pesar de sus diferencias o gracias a ellas se establece entre ellos un vínculo que tiene sus propios códigos (la escena final en la que Eli le manda en morse un beso a Oskar resume ternura a pesar de la sordidez de su significado). No hay respuestas contundentes a los enigmas. Como con el cubo de Rubik, le corresponde al espectador encontrarlas.
En suma, una propuesta creíble de los suecos, tan afectos al terror sicológico y al vampirismo (piénsese en Persona de Ingmar Bergman, aunque sin sangre), para solaz de los amantes del género y del cine. Ahora bien, si se quiere ver una versión degradada del filme de marras, hay que resistir la remake americana (Let me in, 2010), que carga las tintas en la cuestión diabólica asociada al vampirismo y pretende enfrentarla con la religión.
Recurre entonces a cierta parafernalia religiosa, a los rezos antes de la comida y a la música sacra como telón de fondo. La referencia televisiva, con las palabras de Ronald Reagan sobre las fuerzas diabólicas que amenazan al pueblo americano, provoca a risa aunque debiera causar espanto porque es documental. El flashback inicial que muestra lo que sucede con el padre – cuidador de Abby (Eli) no se resuelve apropiadamente, hay cierto desajuste y repetición innecesaria y los planos subjetivos, que en la versión sueca están cargados de erotismo, aquí dan paso a un mero voyeurismo que termina siendo incongruente.
Sí es bueno destacar que los colores están logrados. Podría decirse que la versión de Hollywood es más dark. Matt Reeves prefirió los colores azules y verdes apagados para transmitir sensaciones implícitas. La actuación de Richard Jenkins como el guardián de Abby es buena y transmite en todo tiempo el pesimismo ante la vida y un cansancio moral por su rol de proveedor (o tal vez sea debida al cargo de conciencia que debe haberle producido haber aceptado participar en la película). Es una pena que haya tenido que filmar las escenas en las que sale a buscar el alimento de Abby y se cubre la cabeza con una bolsa de plástico negra de la que, como dos faros, resaltan sus ojos azules; o la del hospital, donde exhibe los efectos del ácido en el rostro. Escenas totalmente bizarras que juntamente con la de la inexplicable imagen de cómo la sangre llega a la puerta del baño o la que muestra la reacción de Abby en el incidente con el policía y que son una mala copia de las de El Exorcista (1973), la convierten en una película Z.
Tanto el australiano Kodi Smit-McPhee (Owen), por momentos tan pálido como su extraña vecina, Chloë Grace Moretz (Abby), tienen una buena performance. Sin embargo no puede compararse con la química que logran sus pares suecos.
El uso dramático del entorno está mucho mejor logrado en el filme de Alfredson, que tiene tintes expresionistas. Mientras la versión de Reeves revela todos los acertijos y no deja resquicio a la imaginación del espectador, el sueco, por el contrario, de manera mucho más sutil y compleja parece haber entendido mejor la frase de Nietszche de que “lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso”.
Fabiola Rinaudo
A mi me flipó. Quizás porque la vi casi por error, desprevenido, sin tener ni idea de lo que se me venía encima.
ResponderEliminarUna pequeña corrección: La versión sueca "Låt den rätte komma in" es de 2008 o 2009, si mal no recuerdo!